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Clarity Act y la confesión de la banca: las stablecoins no son un riesgo, son la competencia que temen

Durante años, la narrativa oficial ha sido que las stablecoins representan un riesgo para la estabilidad financiera. Se ha hablado de volatilidad, de falta de supervisión y de posibles abusos. Sin embargo, las declaraciones recientes de los propios bancos revelan algo muy distinto: el verdadero miedo no es el riesgo, sino la competencia.

Concepto Clave

Stablecoin: Es un tipo de criptomoneda diseñada para mantener un valor estable, generalmente anclado a un activo de reserva como el dólar estadounidense. Su objetivo es combinar la estabilidad de las monedas tradicionales con la eficiencia de la tecnología blockchain.

El aviso más contundente llegó desde Bank of America. Su consejero delegado, Brian Moynihan, reconoció que hasta 6 billones de dólares podrían salir del sistema bancario estadounidense si las stablecoins pudieran ofrecer rendimiento. Es decir, si compitieran directamente con los depósitos. La cifra, basada en datos del Tesoro de Estados Unidos, revela la magnitud de la amenaza.

$6 Billones
Potencial fuga de depósitos

$850.000 M
Crédito en riesgo (Banca Comunitaria)

Pasivo bancario de EEUU en riesgo33%

“No podremos dar hipotecas”: la confesión que lo cambia todo

El discurso ha dejado de ser técnico para volverse explícito. En un vídeo reciente, vinculado a análisis del sector bancario estadounidense, se recoge una afirmación tan clara como inquietante:

“Si permites que Coinbase y Circle paguen intereses, no podremos conceder hipotecas. No podremos financiar a las pequeñas empresas.”

No es una crítica ideológica, es una confesión estructural. El sistema bancario reconoce abiertamente que su capacidad para conceder crédito depende de que otros actores tengan prohibido competir por el ahorro. Los nombres citados no son casuales. Coinbase y Circle representan el puente entre el sistema financiero tradicional y el nuevo ecosistema digital. Permitirles pagar intereses sobre stablecoins equivale, en la práctica, a que el ciudadano capture parte del rendimiento que hoy se queda el banco.

Protagonistas del Cambio

Coinbase, fundada en 2012 por Brian Armstrong y Fred Ehrsam, es una de las mayores plataformas de intercambio de criptomonedas del mundo. Con sede en Estados Unidos y operando de forma remota, se ha posicionado como una puerta de entrada regulada al ecosistema cripto para millones de usuarios. Su salida a bolsa en 2021 marcó un hito para la industria. Entre sus inversores clave se encuentran Andreessen Horowitz, Union Square Ventures y Ribbit Capital. [LinkedIn] [X]

Circle, fundada en 2013 por Jeremy Allaire y Sean Neville, es la empresa detrás de USD Coin (USDC), una de las stablecoins más importantes y reguladas del mercado. Con sede en Boston, Circle se enfoca en crear una infraestructura de pagos global y abierta sobre rieles de blockchain. Ha recibido inversiones de gigantes como BlackRock, Fidelity, Marshall Wace y Goldman Sachs, alcanzando una valoración de 9.000 millones de dólares. [LinkedIn] [X]

El respaldo institucional: la banca comunitaria también lo admite

Este temor no es exclusivo de los grandes bancos sistémicos. La Independent Community Bankers of America (ICBA) ha ido más allá y ha cuantificado el impacto: permitir intereses en stablecoins de pago podría reducir el crédito de los bancos comunitarios en hasta 850.000 millones de dólares.

El argumento es siempre el mismo: fuga de depósitos. Pero lo relevante no es la fuga en sí, sino lo que revela. El crédito no desaparece por una crisis externa, sino porque los depósitos dejan de ser cautivos. El modelo bancario tradicional depende de una anomalía histórica: que el ahorro del ciudadano no sea remunerado de forma competitiva.

El núcleo del problema: el pasivo bancario

El debate sobre las stablecoins suele centrarse en el activo: en qué respaldos tienen, qué riesgo presentan, cómo se custodian. Pero el verdadero campo de batalla está en el pasivo, en quién controla el ahorro.

Las stablecoins con rendimiento no atacan el sistema por el lado del riesgo, sino por el de la eficiencia económica. Ofrecen custodia directa, liquidez permanente y acceso a rendimientos vinculados a activos soberanos, sin necesidad de intermediación bancaria clásica. No prometen milagros. Prometen algo más peligroso: una alternativa racional.

Punto Crítico

Cuando un banco dice “si pagan intereses, no podremos dar hipotecas”, lo que está diciendo en realidad es: nuestro modelo de crédito depende de que el ciudadano no tenga una opción mejor.

Regulación como defensa del modelo

Este contexto explica la intensidad regulatoria contra las stablecoins con rendimiento. No se trata solo de protección del consumidor ni de estabilidad financiera. Se trata de proteger el modelo bancario. Prohibir el pago de intereses, imponer requisitos que solo los bancos pueden cumplir o forzar la intermediación bancaria son mecanismos defensivos. No buscan integrar la innovación, sino neutralizar su impacto competitivo.

La paradoja es evidente: se afirma que permitir intereses en stablecoins destruiría el crédito, cuando en realidad lo que destruiría es la distorsión previa que permite captar depósitos a coste casi cero.

No es una crisis, es una transición

Esto no es una “bank run”. No hay pánico ni colapso. Es una desintermediación silenciosa y voluntaria. El dinero no huye por miedo, sino por cálculo. Y eso es mucho más difícil de frenar. No hay rescate posible frente a una alternativa mejor. Solo hay dos opciones: prohibirla o competir con ella. La banca, por ahora, parece haber elegido la primera.

Conclusión

Cuando los propios bancos reconocen que permitir competencia real les impediría conceder crédito, el debate deja de ser técnico y se vuelve político. Las stablecoins no están poniendo en riesgo el sistema financiero: están exponiendo su dependencia de un modelo basado en depósitos cautivos. La gran pregunta ya no es si las stablecoins deben regularse, sino hasta qué punto es legítimo prohibir que el dinero del ciudadano rinda fuera del banco para preservar un modelo concreto. Y cuando el sistema necesita impedir que el ahorro compita, el problema no es la tecnología. Es el sistema.

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